Es el fin de la larga era de la concepción bancaria (la expresión es de Paulo Freire) de una escuela que concentra, empaqueta y transmite, gradual y universalmente, contenidos, concede hipotecas cognitivas, expide certificaciones académicas y, al fin, coloca a cada hijo de vecino en el trabajo que le corresponde de por vida.
Es hora de levantar la vista de la sordidez de lo diario y de mirar hacia adelante con esfuerzo y bajo la exigencia autorizada de los mejores maestros, sean maestros muertos –clásicos que nos hablan con su palabra intemporal– o docentes vivos, maestros artesanos que, como exige Richard Sennet, estén forjados de profesionalidad y compromiso.
Conciliación laboral y de responsabilidades educativas: familias sin tiempo que malcrían a sus hijos y exigen al docente que se lo fabrique a la medida de sus frustraciones; fin de los ausentes del querer y de los funcionarios del saber.
Poner rumbo a un sistema educativo lento y flexible, generoso y exigente con cada cual, capaz de hacer de cada escuela el centro del mundo entero y de su tiempo la medida exacta de la maduración íntegra de cada sujeto.
Source: http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=675514&idseccio_PK=1498
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