En la segunda mitad de la década de 1960, el intelectual y político dominicano Juan Bosch identifica la escalada del imperialismo norteamericano a un nuevo peldaño de su proceso histórico de evolución involución, al cual denomina «pentagonismo», entre cuyas características destaca el predominio del poder militar sobre el poder civil y el empleo de las guerras en el Sur para estimular la demanda de la producción armamentista, y ya no, como antes de la Segunda Guerra Mundial, con el fin de implantar una dominación colonialista clásica.Si reparamos en que los círculos científicos, intelectuales y políticos del orbe tardaron más de dos décadas después de la publicación de Pentagonismo: sustituto del imperialismo para identificar ese proceso —al que, por lo general, se alude con los términos «globalización» o «mundialización», cuyo comienzo todos los análisis retrospectivos ubican a mediados de la década de 1970, un proceso que es en esencia, precisamente, la metamorfosis del capitalismo monopolista de Estado nacional en capitalismo monopolista transnacional—, causa asombro que Bosch percibiera las manifestaciones de este cambio cualitativo en el imperialismo, que en su época era muy prematuro para ser identificado y, más aún, para ser conceptualizado.Es un dato menor que Bosch calificase al pentagonismo como un estadio diferente al imperialismo, mientras que nosotros lo consideramos un estadio dentro de esa fase del capitalismo.
También sabemos que aquella pérdida de interés en el saqueo de los recursos naturales del Sur que Bosch apreciaba, tenía carácter coyuntural y obedecía a que las dos guerras mundiales, con la crisis de 1929 1933 en medio, provocaron una reorientación de los flujos de capitales y mercancías antes dirigidos hacia el mundo colonial y neocolonial, que hasta aproximadamente el momento de la publicación de Pentagonismo: sustituto del imperialismo eran absorbidos por la reconstrucción posbélica de Europa Occidental, y que poco después huirían de los sobresaturados mercados del Norte y se volcarían, como un gran tsunami, sobre el Sur, hasta provocar la Crisis de la Deuda Externa.Bosch llama la atención sobre la diferencia existente entre la política interna pretendidamente democrática y redistributiva de los Estados Unidos desarrollada por la administración de Lyndon Johnson (1963 1969), la llamada Gran Sociedad, y la política externa pentagonista que aplicaba, en el caso de Asia, mediante la escalada de la Guerra de Viet Nam y, en el de América Latina, mediante la invasión a República Dominicana, países cuyas fuerzas armadas fueron incapaces de cumplir la función de garantes de la dominación foránea, que la nación pentagonista les asignó, y que obligó a esta última a involucrarse en forma directa en esos conflictos militares.
En una segunda fase, signada por la adopción, en 1976, de la doctrina neoliberal por parte de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, pronto extendida a otros países, que comprende los mandatos de James Carter (1977 1981) y Ronald Reagan (1981 1989), pasa al primer plano el proceso de reestructuración y refuncionalización del Estado, combinado con el impulso selectivo y escalonado del llamado proceso de democratización en los países donde las dictaduras militares iban terminando de cumplir sus funciones.Es conocido que hubo un amago de inflexión de la política exterior de los Estados Unidos, incluida su política hacia América Latina, en el período presidencial de Carter, provocado por el impacto psicosocial de la derrota en la guerra de Viet Nam y por la ola moralista desatada por la publicación de Los Papeles del Pentágono (1971), el Escándalo de Watergate (1972) y la revelación de la participación protagónica del gobierno de Nixon en el golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973 contra el presidente de Chile, Salvador Allende.
En nuestra región, la unipolaridad se manifiesta en la intervención militar de los Estados Unidos en Panamá (1989), la derrota «electoral» de la Revolución nicaragüense (1990), la desmovilización de una parte de los movimientos guerrilleros en Colombia (1990 1991) y, como colofón, la firma de los Acuerdos de Chapultepec (1992), que ponen fin a casi doce años de insurgencia en El Salvador, el país donde esa forma de lucha alcanzaba por entonces el mayor desarrollo e intensidad.Desde ese momento, la situación de América Latina está determinada por cuatro procesos interrelacionados de manera estrecha e indisoluble:- El primero es la reforma y restructuración del sistema de dominación continental del imperialismo norteamericano basada, en el empleo de medios y métodos de carácter transnacional para ampliar y profundizar la explotación neocolonial de América latina.- El segundo es la agudización de la crisis económica, social y política provocada por la concentración transnacional de la riqueza y el poder, que inhabilita al Estado latinoamericano para cumplir las funciones que históricamente le habían correspondido como eslabones de la cadena del sistema de dominación: garantizar la satisfacción de los intereses de la metrópoli neocolonial; redistribuir cuotas de poder entre sectores de las élites criollas; y cooptar a los grupos sociales subordinados.- El tercero es la organización y combatividad alcanzan los movimientos sociales en lucha contra el neoliberalismo.- El cuarto es la reestructuración organizativa, la redefinición de alianzas y la reformulación de objetivos, estrategias y tácticas de los partidos y movimientos políticos de izquierda, para sobrevivir y adaptarse a las nuevas condiciones en las que se desarrolla la lucha popular.Estos cuatro procesos tienen un efecto en cadena y cada uno predomina en un momento determinado.
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http://www.rebelion.org/noticia.php?id=118712